“LAS
BUENAS Y MALAS DECISIONES DE VALERIA”
En una pequeña zona pobre de la ciudad, donde las casas eran de madera y
las calles se llenaban de barro cuando llovía, vivía Valeria, una adolescente
de 15 años que cursaba el cuarto año de secundaria.

Desde
muy pequeña conoció el abandono. Su padre se fue cuando ella tenía apenas cinco
años y nunca más regresó. Su madre, cansada de la pobreza y frustrada por la
vida, descargaba su rabia golpeándola y gritándole constantemente.
—¡Tú solo traes
problemas! —le decía.

Valeria creció sintiéndose sola, sin cariño y sin alguien que la
escuchara.

En el colegio conoció a Diego, un muchacho de 16 años que también sufría
en silencio. Su padre era alcohólico y su madre trabajaba todo el día, sin
prestarle atención. Él pasaba más tiempo en las calles que en su casa.

Ambos encontraron refugio el uno en el otro. Sentían que nadie los
entendía, excepto ellos mismos.

Pero
comenzaron a juntarse con compañeros que tenían malas costumbres. Algunos
faltaban a clases, consumían alcohol y se burlaban de quienes hablaban de
responsabilidad o protección.
—No pasa nada —les
decían—. Disfruten la vida.

Poco a poco, Valeria y Diego empezaron a tomar malas decisiones. Sin
orientación, sin educación emocional y creyendo en los consejos equivocados de
sus amigos, iniciaron una relación sin cuidarse.
Meses
después, Valeria descubrió que estaba embarazada.
El
miedo la paralizó.
Cuando su madre se enteró, reaccionó con furia.
—¡Has arruinado tu vida! —gritó mientras lloraba de impotencia.
Diego prometió ayudarla, pero la presión y la pobreza pudieron más que
él. Poco antes de que naciera el bebé, decidió irse a otro país buscando
trabajo. Al inicio llamó algunas veces, luego desapareció por completo. Valeria
quedó sola.
Su hijo nació prematuramente y con una enfermedad respiratoria que
requería constantes tratamientos y medicamentos costosos. Muchas noches ella no
dormía, cuidándolo mientras pensaba cómo conseguir dinero para el día
siguiente. A pesar de todo, no abandonó el colegio.
Durante el día trabajaba limpiando casas y vendiendo golosinas en los
buses. Por las noches estudiaba mientras su hijo dormía a su lado. Muchas veces
quiso rendirse.
Veía
a otras jóvenes de su edad disfrutando de fiestas, paseos y una vida tranquila,
mientras ella luchaba por comprar leche y medicinas.
Sin
embargo, algo dentro de ella seguía adelante.
—Mi hijo no tendrá la misma vida que yo —se repetía.
Con
enorme esfuerzo terminó la secundaria. Años después logró ingresar a la
universidad para estudiar Contabilidad.
No fue fácil.
Había días en que no tenía dinero para pasajes y caminaba largas cuadras
para llegar a clases. Otras veces estudiaba de madrugada después de trabajar
todo el día.
Recordó las calles de barro, los golpes, el abandono, el hambre y las
noches de tristeza. Había sobrevivido a todo eso.
Despues de varios años de constante esfuerzo y estudio, finalmente se graduo con honores y pudo mejorar su vida ya la vida de su hijo.
Comprendió entonces que su historia no era un ejemplo para romantizar el sufrimiento, sino una advertencia sobre las consecuencias de la falta de orientación, el abandono familiar y las malas decisiones Pero también era una prueba de que, incluso en las circunstancias más difíciles, el esfuerzo y la educación pueden cambiar una vida.











