jueves, 14 de mayo de 2026



“LAS BUENAS Y MALAS DECISIONES DE VALERIA”

En una pequeña zona pobre de la ciudad, donde las casas eran de madera y las calles se llenaban de barro cuando llovía, vivía Valeria, una adolescente de 15 años que cursaba el cuarto año de secundaria.


Desde muy pequeña conoció el abandono. Su padre se fue cuando ella tenía apenas cinco años y nunca más regresó. Su madre, cansada de la pobreza y frustrada por la vida, descargaba su rabia golpeándola y gritándole constantemente.
—¡Tú solo traes problemas! —le decía.


Valeria creció sintiéndose sola, sin cariño y sin alguien que la escuchara.

En el colegio conoció a Diego, un muchacho de 16 años que también sufría en silencio. Su padre era alcohólico y su madre trabajaba todo el día, sin prestarle atención. Él pasaba más tiempo en las calles que en su casa.


Ambos encontraron refugio el uno en el otro. Sentían que nadie los entendía, excepto ellos mismos.


Pero comenzaron a juntarse con compañeros que tenían malas costumbres. Algunos faltaban a clases, consumían alcohol y se burlaban de quienes hablaban de responsabilidad o protección.
—No pasa nada —les decían—. Disfruten la vida.


Poco a poco, Valeria y Diego empezaron a tomar malas decisiones. Sin orientación, sin educación emocional y creyendo en los consejos equivocados de sus amigos, iniciaron una relación sin cuidarse.




Meses después, Valeria descubrió que estaba embarazada.

El miedo la paralizó.

Cuando su madre se enteró, reaccionó con furia.

—¡Has arruinado tu vida! —gritó mientras lloraba de impotencia.




Diego prometió ayudarla, pero la presión y la pobreza pudieron más que él. Poco antes de que naciera el bebé, decidió irse a otro país buscando trabajo. Al inicio llamó algunas veces, luego desapareció por completo. Valeria quedó sola.




Su hijo nació prematuramente y con una enfermedad respiratoria que requería constantes tratamientos y medicamentos costosos. Muchas noches ella no dormía, cuidándolo mientras pensaba cómo conseguir dinero para el día siguiente. A pesar de todo, no abandonó el colegio.





Durante el día trabajaba limpiando casas y vendiendo golosinas en los buses. Por las noches estudiaba mientras su hijo dormía a su lado. Muchas veces quiso rendirse.





Veía a otras jóvenes de su edad disfrutando de fiestas, paseos y una vida tranquila, mientras ella luchaba por comprar leche y medicinas.

Sin embargo, algo dentro de ella seguía adelante.

—Mi hijo no tendrá la misma vida que yo —se repetía.





Con enorme esfuerzo terminó la secundaria. Años después logró ingresar a la universidad para estudiar Contabilidad.

No fue fácil.




Había días en que no tenía dinero para pasajes y caminaba largas cuadras para llegar a clases. Otras veces estudiaba de madrugada después de trabajar todo el día.
Recordó las calles de barro, los golpes, el abandono, el hambre y las noches de tristeza. Había sobrevivido a todo eso.





Despues de varios años de constante esfuerzo y estudio, finalmente se graduo con honores y pudo mejorar su vida ya la vida de su hijo.




Comprendió entonces que su historia no era un ejemplo para romantizar el sufrimiento, sino una advertencia sobre las consecuencias de la falta de orientación, el abandono familiar y las malas decisiones Pero también era una prueba de que, incluso en las circunstancias más difíciles, el esfuerzo y la educación pueden cambiar una vida.





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